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En casa todos somos Panchitos

Emigrar tiene más complicaciones de las que uno imagina pero todos los emigrantes tenemos en común algo: queremos volver. No necesariamente volver para quedarnos. Lo que un emigrante necesita, salvo algún caso suelto, es volver al terruño para sentir y recordar de dónde es uno. Ir a dónde no eres raro.

Para mí, que soy una emigrante de librito bastante convencional, que estoy justo en el nivel anterior a poner un plato colgado de la pared que diga: “Caracas”, regresar a casa ha sido una necesidad permanente, son las ganitas. Sin embargo, después de tener a Pablo y llevarlo a conocer mi tierra, esto cambió, ahora pasó de necesario a vital.

Mi querido hijo es un madrileño hijo de caraqueños y seguramente tendrá que lidiar con eso vivamos donde vivamos.

Siempre recuerdo a una niña española que estudió conmigo y la teníamos seca en el colegio, -gallega pa‘cá, gallega pa‘llá… Gallega di “sapato” y la pobre: “zapato” -Juas, juas, juas, miren como habla… Estaría hasta el gorro seguramente, encima no era gallega nada, era de Asturias.

El azar quiso que me la encontrara en el metro de Madrid, unos 20 años después. Menos mal que ya siendo dos mujeres no le dio por decirme: a ver sudaquita di: “zapato” y el vagón entero –Juaz, juaz, juaz… Me lo habría merecido.

Todo esto de ser de fuera lo estoy viviendo de adulta entonces, francamente no me imagino como se enfrentará Pablo a ser hijo de emigrantes, mucho menos con los niños que por lo general tienen la crueldad a la orden del día porque son muy “inocentes” los cabrones.

Por ahora le vamos diciendo: -Pablo, sabes que tus papás son panchitos? Tú eres el hijo de los panchitos? y nos reímos, para que entienda que no se ofende el que no quiere.

Panchito es una de numerosas maneras de describir a los latinoamericanos aquí, otra muy popular es “ecua” , porque los ecuatorianos son muchos y entramos todos en el paquete, está el clásico “sudaca”, “guachupín”, “machupichu” “sinpa” (de sin-pa-peles, qué graciosos, no?), etc. ¿Ofensivo? Depende de cómo te lo tomes.

Yo me lo tomo con ligereza. Mi amiga Vanesa me llama “Latin Queen”, que para el que no lo sepa es una banda más bien peligrosona que hay por estos lares, de latinos demás está decirlo, que se hacen llamar los Latin Kings, y sus mujeres, esposas y novias son las Latins Queens, igual de peligrosas que ellos o más… que son mujeres.

El caso es que a Pablo, le guste o no, esto le viene. Por ahora no puedo más que intentar que lo lleve bien y que obtenga ventajas, porque al final las culturas aportan, mientras más mejor, eso está claro.

Lo primero y más sensato que creo que hay que hacer es intentar que Pablo se haga una idea de cómo es Venezuela conociéndola, viviéndola y no por lo que yo le pueda contar. Así que si antes viajar era importante para mí, imagínense ahora que lo tengo a él.

Sabemos que lo corriente es que uno pierda un poco la perspectiva cuando extrañas. Una amiga mía venezolana estuvo diciéndole al marido español que le iba a dar a probar el chocolate más rico del mundo. Estuvo haciéndole agua la boca al hombre un buen tiempo hasta que un día se apareció y le dio nada menos que un Toronto! Un Toronto, sí señor, el mejor chocolate del mundo… Si no has pisado Suiza, Bélgica, ni ha llegado a tus manos un Ferrero Rocher, un Lindt,… Conste que yo me como cuanto Torontos llega a mis manos, pero ojo! Ese no es un bombón de competición! Esas cosas las hace la nostalgia, se pierde el norte.

Me gustaría cuidar eso con Pablo, que no sea el clásico hijo de emigrantes que tiene una idea idílica del lugar de donde vienen sus papás, porque ellos así se lo cuentan, sumergidos hasta las orejas en su nostalgia, porque extrañan su sitio y sueñan con tragar Torontos hasta el fin de sus días.

Un ejemplo cercano a casi todos (porque gallegos en Venezuela hay para llenar un bote) es La Coruña. Esta ciudad es bella y lo sé porque fui, la vi y en serio es preciosa, pero si te la describen en la Hermandad Gallega, imaginas los fiordos noruegos, con tintes de paraíso celta. No comentan que llueve 362 días del año, que el mar está a -5 grados y esos detallitos. Así después de 20 años, los hijos de los gallegos emigrados y nostálgicos van a la Coruña y en lugar de apreciar lo bonita que es se dan un disgusto de cuidado.

A Pablo aquello tiene que gustarle o disgustarle por sus propios medios, él verá. Yo ya cargo con mi nostalgia e intento no llegar a tener el plato-suvenir colgado en la pared.

Este viaje que hicimos Pablo y yo fue después de una sequía económica que me dejó unos cuantos años sin ir. Como consecuencia, me agarró con desesperación absoluta.

Desde el momento en que compré el pasaje hasta que me monté en el avión aturdí a todo el que tenía cerca, todo el día hablaba de lo mismo. Mientras esperaba que se horneara el pan donde lo compro, le conté al pobrecito chino que me atiende y cuyo conocimiento del idioma castellano llega a "buenataldeseniola", que me iba de viaje a Caracas, que yo soy de allá, que lo echo muchos de menos porque el clima, el verdor, las playas… por ahí pueden tener una medida del hartazgo de la chica que se sienta al lado mío en el trabajo.

Después de toda esa ansiedad, al fin nos fuimos y llegamos a mi ciudad tan querida, con su alegría y su pegoste caluroso.

En Venezuela a Pablo se le presentó un abanico de posibilidades tan amplio que la idea que debe tener de esos tales "orígenes" debe ser cuando menos un arroz con mango. Tenía frente a él tantas cosas novedosas que iban desde plantación adentro camará, en Turagua, que es campo de verdaíta, verdaíta, hasta un club de playa de lujo que aún subsiste.

El día que llegamos, Pablo estaba un poco abrumado, callado, con lo raro que eso puede ser, observador. Me imagino que estaría tratando de comprender como toda esa gente que antes había visto en la pantalla de la computadora de pronto estaban ahí, en 3D, y lo tocaban, lo apretuñaban, lo besaban, le preguntaban. Una hora pareció bastarle para digerir el asunto, arrancó a hablar sin parar, a dar besos, a contestar, a preguntar… él no es de quedarse atrás.

A las 24 horas de haber dejado Madrid ya el niño estaba adaptado a su nueva realidad. Es que no le extrañó ni que lo cubrieran con el mosquitero, una cosa que no había visto nunca, a mí me daría un pelín de pánico la primera vez porque no sabes si te están protegiendo de una mosca o de un tigre, ¿no?.

Se despertó y directo llamó a su abuela Pili para que lo rescatara de su cuna. Claramente tenía más posibilidades con ella que conmigo, que dormía en mi cama de adolescente como una idem (unas 15 horas). Bajó y le pidió a mi abuela Lale su arepa con “amón”, ¿queso? “no acias”. Esa arepa ya no dejó de comérsela cada mañana durante las dos semanas completicas (las semanas y las arepas). En la alimentación a pesar de lo diferente que le podía resultar, no perdonó nada! Hasta se comió entera una “chacapas” de maíz pilado que le hizo la tía Dianora. Todos estábamos asombrados. Era un niño criollo!

En Madrid es madrileño, pero supongo que por ser hijo de quien es, vino con el programa niño-venezolano pre-cargado para una rápida instalación una vez que se abriera la puerta del avión y respirara el vaho húmedo del aeropuerto de Maiquetía (para los que venimos de Madrid resecos perdidos, nos cuesta un poco filtrar el oxígeno del 98% de humedad ambiental).

Pablo descubrió en su viaje que la mayoría de los animales se mueven, no son fijos como en sus libros, a excepción del “chicamo” de barro que tiene Pili en el jardín. Descubrió por ejemplo que los perros no van únicamente con cadena por la acera con un desconocido, mientras él lo ve desde la seguridad de su ventana. Aquí los perros como Mateo, Lucía, Boatín son parte de toda esta familia recién adquirida y no hay distancias, lo soban, lo lamen, lo empujan y lo llenan de pelos (eso último no le hace mucha gracia, se revuelve de verdad).

Descubrió que hay bichos lindos como estos perritos de tía Mane, y bichos feos como los mosquitos, que a pesar del mosquitero y los repelentes se merendaron a mi pobre blanquito europeo. También estaban los coquitos, que son una especie de escarabajo marrón, grande y muy feo que van dándose golpes contra todo, (alguna sabiondez de la madre naturaleza que no ha explicado ni National Geographic) tropezaban con él y el pobre entraba en pánico. Normal porque se supone que los bichos en general te esquivan no que se van de frente contra ti.

El tráfico caraqueño, que puede llegar a ser lo más difícil de estos viajes (8 km en hora punta es un viaje interminable) él lo llevó de lo mejor, se mandaba a hablar sin parar ni poner comas, recapitulando sobre las infinitas cosas que se le presentaban, ideas sueltas, gente nueva, comparaciones, decía todo el tiempo, “se parece pero no es...” y créanme, yo me suelo aturdir cuando se pone a hablar así sin filtro, pero con tanta novedad lo que decía no tenía desperdicio.

Ni se lo pensaba cuando íbamos a salir, todos con mala cara pensando que pasaríamos un buen rato metidos en el carro y el tan contento diciendo -Vamos! A samucala! Es decir, -Vamos a buscar a Pili a su trabajo…. Todo lo disfrutó, no puede decirse que prefería un lugar que otro, todo lo quería ver.

Cuando fuimos a Turagua, mi papá le dijo que si quería ver unas gallinas. Mi pobre hijo dijo que sí contentísimo, me imagino que esperando que lo llevaran a un corralito como el que vio en el paseo a la Granja que hizo con su cole y de pronto se vio en una galpón industrial rodeado de más de 10.000 gallinas haciendo ese escándalo que las hace famosas. Se agarró a mi papá con toda su fuerza, no lo habrías arrancado de ahí ni haciendo palanca con un tubo, tenía cara de susto con fascinación.

Ir a Venezuela esta vez no fue un paseo, no fue ni siquiera una necesidad de emigrante, esta vez fue una experiencia.

Pablo disfrutó todo lo que se le atravesó, en su absoluta diversidad. En Turagua se bañó en patio con manguera, que es como un deporte nacional, chapoteando ahí con el abuelo y nadando en el piso. De ahí saltó sin problema y gozó en la mega piscina del club Camuri, cagándose (literalmente y de alegría) en ella.

Le gustó la experiencia. No me lo ha dicho, pero en sus berrinches, que son frecuentes, me dice: -Adiós... Me voy en el avión a Caracas!!! Concluyo entonces que a él le gustaría regresar.

Ver a mi hijito viviendo en mi sitio, disfrutándolo y sacándole provecho es de las cosas más bonitas que me han tocado vivir. No digo que le encantará siempre, seguramente cuando sea un adolescente rebelde prefiera veinte veces quedarse en su Madrid natal, con sus mejores amigos que será muchos más “güay” que todo aquel bullicio de ciudad, ese tráfico, ese calor en pleno invierno. Seguro que cambiará las gallinas por una coca cola en el Mc Donalds y seguro que llorará cuando lo llevemos a rastras a ver a la familia.

Seguramente eso será así y entonces cuando quiera ahorcarlo por tener que pagar un pasaje de avión que cuesta el sueldo de un mes a alguien que prefiere quedarse con sus colegas, voy a sobrevivir a la tentación de dejarlo recordándole aferrado con las uñas a su abuelo, entre 10.000 gallinas, con cara de susto y risa nerviosa.



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