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El don de la escritura

Después de escribir sobre aquel genio que me hizo ver que soy la persona más común sobre la faz de la tierra, me he quedado pegada con el análisis sobre si de verdad soy como me veo.


Y he concluido que sí. Por esto y habiéndole dado muchas vueltas, siento la necesidad de explicarles a esos seguidores insensatos que me azuzaban a evaluarme de otra forma con sus comentarios, el por qué yo lo veo de esta manera.

Por supuesto que agradezco infinito sus halagos y si me callara esta historia, todas esas buenas personas podrían seguir creyendo que tengo el “don”.

Pero ojo, no sólo me falta el don, tampoco tengo el esfínter que trae naturalmente el  escritor que filtra lo que se le pasa por la cabeza.

Desde niña me gustó escribir, fundamentalmente pendejadas variopintas: cartas, arrepentimientos de boberías, pedideras de perdón, reflexiones (esto, lo que menos). De pequeña mis escritos iban y venían, como media humanidad infantil, pero en los míos había una particularidad: yo mentía salvajemente cada vez que agarraba el lápiz.

Estoy hablando de cuadernos y cuadernos que nadie lee ni leerá jamás salvo yo misma!  Relataba al detalle situaciones y hechos de mi vida que eran pura falsedad. Historias de sitios exóticos donde había estado, experiencias asombrosas que había tenido, personas que me tropecé en mi vida y de las que había aprendido tanto, bla bla bla...  Todo inventado.

¿Estamos hablando entonces del germen de una futura escritora o de una habladora de güevonadas en evolución?

Después de mucho cuento falso, mucho amor intenso que no existía, mucho beso que había sido un roce casual y de salir del idilio de ser niño, descubrí que la realidad es fascinante tal cual se ve y que te da material suficiente para escribir un Best Seller tras otro. No hace falta inventarse un Howards, para encontrar grandes historias. Que oye, este mundo de Howards le quedó estelar a JK Rowling, pero ella no es normal, ella es la súper escritora.

Evolucioné de niña en mujer, de mentirosa a presunta escritora y poco a poco transformé esos cuadernos en cartas, después en notas, en postales y finalmente en e-mails.

Aquí mi vida dio un salto de esos que se notaría mucho si pudieras graficar tu vida como un electrocardiograma. Cuando del papel que nadie leería jamás caí en manos de la World Wide Web perdí totalmente el control de lo que escribía. Es lo que tiene la Red.

Cuando llegué a esta fase, mis cuentos rodaron como una piedra cuesta abajo, indetenibles en el entorno familiar. Que si tu tía se quiere enterar, que si mándaselo a nosequiencita, tú no te acuerdas de ella pero te cargó en sus brazos nada más nacer, tu primo no está de acuerdo con lo que dices aquí, que lo sepas… Todo así, descontrol total.

Asumiendo entonces que la red me tenía en sus manos, hice lo de siempre, abrí los brazos y me lancé al vacío: abrí el blog.

No recomiendo a nadie lanzarse al vacío por cuatro halagos, sé que es un error (que yo no paro de cometer).

Ya me había tirado antes así sin ver, cuando hace mucho creí tener el don de la repostería. Resulta que yo hacía unas tortas riquísimas que me crearon gran fama entre tíos, primos y allegados. Me lo creí, monté una pastelería y quebré en un pestañear con las tartas, los croissants y todos mis ahorros adentro.

Pero como yo soy de tropezarme con la misma piedra tantas veces como esta se me atraviese, lo hice de nuevo. Recibí lisonjas de los cercanos y respondí con el blog.

Este, a diferencia de la pastelería, es gratis y mi familia se ve un poco menos afectada.

Llega entonces el fulano blog a mi vida y no es ni muy bueno, ni muy malo, ni muy relevante, no tiene muchas lecturas, ni pocas tampoco. Es un blog, punto-pelota.

El blog es como el resto de las cosas de mi vida.  No significa eso que mantenerlo  no me saque lágrimas de sangre cada vez, una cosa es que sea normal y otra muy distinta que no me cueste un trabajo enorme.

Me da alegrías cuando alguien me dice que lee lo que escribo y que le gusta. Es como a los  actores, que los mantiene el aplauso del público aunque esté compuesto por sus primos segundos, como en el caso de esta menda.

Tiene su magia, entro y veo que hay trescientas entradas en un post y entonces súbitamente me trasmuto en Stephen King con miopía aguda y todo como él, y escribo y escribo sin parar.

Subo como la espuma y en cuanto la realidad me golpea la cara me hundo más rápido que mi hijo Andrés cuando se tira a la piscina. Plomo puro.

La realidad es que 300 visitas por post son caca de perro. Gracias a mi moderno trabajo, el de verdad, por el que me pagan, descubro a unos personajes llamados: Blogueros, YouTubers y Twitteros que por lanzar un mensajito con ciento cuarenta caracteres, un video diciendo sandeces o un artículo dónde descubren el agua tibia, cobran una pelota de dinero. Cantidades que yo no he visto ni cerca salvo en deudas, la de la pastelería sin ir más allá.

Desde el fondo entonces veo claro que no soy una escritora en ciernes.

Está otra cosa. No se puede ser escritora sin método y mi método es no tenerlo.

Escribo a cero por hora, se me ocurren treinta cosas y escribo dos, además en unas condiciones que me da un poco de vergüenza contar. Pero por aquello de la falta de esfínter, ahí voy.

Todo escritor que se precie tiene un cuaderno, libretica, taco de post-its, grabadora u otro cachivache para cuando le llega la gran idea. Yo no tengo eso, lo primero porque no me llegan grandes ideas, y si se me ocurre alguna y quiero anotarla, entonces lo hago en un lugar que decreto instantáneamente como mi: “banco de ideas geniales” de ahí en adelante y para siempre.

Lo que termina pasando es que no sé dónde lo anoté, no lo vuelvo a ver y a la próxima idea, me invento un nuevo “banco de ideas geniales para siempre”.

Y así voy, dejando ideas que no significan nada en lugares perdidos.

Por si fuera poco organizado el sistema, ya cuando me decido a escribir me visualizo escribiendo como los escritores de la tele: en un desván con grandes ventanas y cortinas transparentes y luz de otoño, una máquina de escribir, un cenicero lleno -en la imagen, fumo-, muchas ideas en mi cabeza y un imparable tac, tac, tac de la Olivetti plasmando mis pensamientos geniales.

A veces soy más realista y entonces digo: no tengo desván, las máquinas de escribir son de hace dos siglos y tampoco fumo. Pero me voy a sentar en mi escritorio delante de mi ordenador y voy a escribir esta gran cosa que se me ocurrió. Además mi familia sabe lo que estoy haciendo y respeta ese momento sublime de creación. Mi marido me trae un café con espuma para que no pierda el ritmo levantándome y le recuerda a los niños que no hagan ruido, que “mamá está escribiendo”.

Todas estas fantasías me pasan por la cabeza antes de sentarme a escribir. Tú fíjate ahora donde habrá quedado la idea original con tanta historia por delante.

La realidad es que escribo en mi Blackberry de 1983, último ejemplar que sobrevive y que me pertenece. Es un cacharro que cada tanto me dice: “memoria insuficiente”, la “r” no marca, los puntos se disparan veloces e indetenibles, no puedes descargar ninguna aplicación y las fotos tienen unos seis pixeles, parecen tomadas por un ATARI.

Pues yo voy con mi Blackberry escribiendo entre un semáforo y otro, a veces en el autobús mientras con un brazo me engancho a algo para no salir disparada a cada frenazo. A veces aprovecho cuando soy copiloto, ahí avanzo más porque afortunadamente Ricardo no espera que le dé conversación. Creo que de hecho, agradece mi silencio aunque mienta al respecto, cosa que le agradezco yo a él.

Sí que tengo PC (no Mac, eso no) claro que tengo. Es más,  tengo dos! Uno en casa, que está y no está porque siempre se encuentra pendiente de alguna suerte de reparación: necesita más memoria, es hora de cambiar la tarjeta madre, el ventilador se atraca, la fuente de poder, y así…   Es como un primo bobo que tenemos en casa, no presta ningún servicio pero hay que tenerlo. Encima en la sala, ocupando espacio

También tengo un laptop y sólo tiene dañada la barra espaciadora, es decir mis textos quedan así:
Comoteibayodiciendo,escomplicadoestodeescribirsinquesesepareunaputapalabradeotra,asies,dijeputa.

Bueno pues de lo mejorcito que tengo es mi blackberrita que tiene los días contados.

Todo este lío para escribir dos ideas que logran avanzar con dificultad a través de todos los obstáculos previos al papel.

Mi amigo Nacho, que es un escritor como Dios manda, me dijo hace un montón de años: "escribe mucho, que primero tiene que salir la basura para afuera, antes de que salga lo bueno" Ha sonado un poco rara la frase y es porque en realidad él dijo mierda, no basura.

¡Tendría que hacerle caso!, a mí me gusta escribir y tengo un escritor de amigo del alma que me aconseja! Sinceramente, Nacho sabe de lo que habla y yo que hago? Como si no fuera conmigo.

Escribo con la estricta metodología descrita. Cuando tengo algo, lo guardo un tiempo, lo vuelvo a sacar, lo reescribo, lo corrijo, lo arreglo, lo vuelo a dejar en reposo. Lo desempolvo una tercera vez, lo vuelo a leer,  no me gusta, lo guardo, lo saco, le cambio cosas y cuando digo "está listo" todavía le doy unas cuantas vueltas más.

Lo único que tengo de escritora es Diógenes de textos.

Por lo menos tengo quién vigila mis desvaríos y no deja me quede en la calle del todo:
-Yo no diría eso-, -mejor quita aquello, está gracioso, pero vale la pena el divorcio? … piensa en los niños-, -si cuentas eso de las madres del cole a Pablo le van a hacer bullying- y así va moderando mi falta de recato con la vida privada.

Tengo los medios, pero definitivamente me falta el Don.

Y así como funciono para poner este texto aquí, para todo lo demás.

Soy una madre de pena con unos hijos de película, soy una trabajadora de primera con un salario de cuarta, soy una escritora justita con un Blog que al menos a ti te gusta… En fin, equilibrio en estado puro.

Es así como esta adicta al aplauso de sus 300 fieles seguidores llega a esa conclusión de que no le molesta en lo absoluto lo normal, normalísima que es.
 

No tengo el don de la escritura, tampoco el de la repostería y probablemente me seguiré lanzando al vacío cuando me halaguen. Quizás escriba bien y de un trazo cuando cumpla sesenta y cinco, a lo mejor tendré una Olivetti y una ventanas luminosas con cortinas movidas por la brisa y seré tu amiga, la escritora del desván.

No hay nada como el amor adolescente

Dicen que no hay nada como el amor adolescente, y es verdad. No hay nada mejor para perder la dignidad.

Si es un amor recíproco entonces tienes maripositas en el estómago, la risa floja, el despiste generalizado, hiperventilación cuando él se te acerca, etc. Si por el contrario, estas sola en la empresa del amor entonces es más bien dolor de garganta de los de ganas de llorar, presión aguda en el pecho, revolución en la barriga, merma o ganancia de peso (siempre ganancia en mi caso) y sobretodo, pérdida absoluta del sentido del ridículo.

La sensación física pasa tarde o temprano, queda el recuerdo y poco más. Lo único que se atornilla en tu memoria y en la del resto de la humanidad es el ridículo que puedes llegar a hacer. Eso es algo en lo que yo, todo hay que decirlo, me llevo la palma.

Me he enamorado infinidad de veces, soy de enamorarme locamente y perder “los papeles” sin mucho tránsito.

Si ya eres mayorcita y te pasa, igual te dan los síntomas malditos pero tienes un Pepe Grillo por ahí que te avisa: Eh! no mandes ese mensaje... A veces le haces caso, a veces no.

Cuando eres adolescente no hay ni una advertencia, ni una voz interior y tus amigos, que son igual de desquiciados que tú, te aplauden todas las imbecilidades que haces! Si, entre los adultos siempre alguno te avisa que la estás cagando, no es que les hagas caso pero advertido estás. Es diferente.

Como me enamoraba mucho y muy profundo, la cagué infinidad de veces por decirlo así, podría abrir un blog aparte para contar historias relativas a los episodios que monté. Si hubiera existido Instagram, Facebook o Whatsapp cuando tenía quince años, me habría tenido que ir del país a los dieciséis. Fui siempre así, enamoradiza partidaria de caer en la ignominia extrema sin resultado alguno.

Además, en la adolescencia nunca es buen momento para enamorarse, ¿se han fijado? Conoces a tu príncipe azul justo el año que te gradúas de bachiller y a final de año a lo mejor tienes novio, pero en el ínterin te has dejado seis materias de arrastre para septiembre y asistes a un Acto Solemne para mirar a tus amigos graduarse sin ti.

Yo sé que no fui la única en sufrir los embates del amor temprano. Mi ex novio, que es un tipo súper seguro de sí mismo, se mantenía firme cuando me decía: "No te voy a llamar", yo le admiraba y lo quería más por su fuerza de voluntad, sin embargo cuando terminamos perdió el semestre de la universidad. Yo no es que fuera la gran novia ni mucho menos, pero a él le pegó el sentimentalismo y dejó el semestre o lo retiró, no me acuerdo.

Después de eso los papás me querían colgar de un árbol y yo creía que era porque le hice daño a su retoño, pero ahora pensando en frío, yo les debo un semestre de la universidad a esa buena gente, que no es poco.  Y el disgusto, claro.  No puedo pagarles pero a lo mejor leen esto y me perdonan al darse cuenta que yo también perdí materias y más que eso, perdí prestancia.

Entre las historias más penosas esta una de cuando tenía como catorce y me enamoré de un tercio en el colegio un par de años mayor que yo. Talentoso, simpático y al menos en aquella época, no muy agraciado pero el amor tiene entre otras características la ceguera súbita. Yo lo veía como un príncipe.

Esa ceguera no se aplica a todo el mundo, porque mientras yo soñaba despierta con que él me mirara, él miraba a una pelirroja que, a decir verdad, era y es hoy en día todavía, una ensoñación. Ella ni lo veía a él y él ni me veía a mí. Un círculo vicioso-amoroso clásico.

No sé si a él le costó algo su sentimentalismo pero a mí me costó un trimestre de Educación Artística. Y esa era la materia que me subía el promedio, porque lo que era en Matemáticas, Química o Física no daba pie con bola, enamorada o no.

Yo en Artística me lucía siempre hasta que nos mandaron a hacer un "Hilorama" que es una madera con clavos en la que vas enredando hilos para crear algo bonito. Pues yo, que no estaba para manualidades porque todo el intelecto se me iba en pensar como tropezarme con aquel elemento, decidí que en lugar de hacer figuras circulares como mandalas, que era lo que estaba previsto, iba a hacer una gran "G" y una gran "V" entrelazadas, o sea, él y yo forever. No puse el corazón y la flecha porque no me daba el hilo.

Podrías pensar que nadie tenía porqué descubrirme, pero es que a mí el atontamiento ya se me veía desde hacía tiempo, no intentaba disimular porque estaba segura que él no se daba cuenta, otra idiotez mía. Hoy entiendo que si se daba pero como era un caballero  se hacia el tonto en lugar de gritarme que lo dejara en paz.

Me paseaba por el colegio, incluyendo por las canchas donde se debatían todos los temas de actualidad, cargando mi gran madera con el fulano hilorama. Seguro fui víctima de burlas inclementes y sobretodo de rechazo, porque "G" no me hizo caso nunca.

Tampoco a la profesora le pareció gracioso y me puso un 0 sin contemplaciones. Pero no se crean que me rendí después de ese fracaso. Para nada.

Resulta que "G", que después de mi manifestación artística seguro que querría cambiarse el nombre a Manuel o José, era músico, y por lo tanto yo me metí en la organización del Festival de Canto del colegio, método infalible para estar más cerca de él.

Aquello era una trabajadera intensa pero yo estaba dispuesta a todo, me impulsaba una fuerza de voluntad indetenible y al mismo tiempo iba a estar siempre bella y sonriente por si entre canción y canción daba la casualidad de que el tercio se fijaba en mí.

Cuando el festival de canto terminó, recé, recé, cruce los dedos y finalmente alguien dijo: -Y qué, nos vamos a celebrar? -YEEES! Yo dije que sí la primera! En realidad todos habíamos trabajado juntos pero nadie era amigo mío, el más cercano era el susodicho y ya ves tú...

Me invitó a irme es su carro y yo sencillamente no lo podía creer, alucinaba. Lo recuerdo casi como una invitación formal a ser su copiloto. Mis glóbulos rojos corrían a toda máquina por mi cuerpo y podría jurar que no eran circulares si no en forma de corazoncitos. 

Visto con el tiempo, creo que lo hizo porque en realidad nadie me conocía y yo tenía pinta de que me quedaba en tierra con todo mi entusiasmo encima. Igual no renunciaré jamás a mi recuerdo maravilloso de aquel viaje sideral en su nave.

Había llevado -just in case- tres pintas extras de ropa, todas robadas a mi tía que estaba más a la moda que yo. Él quería cambiarse y fuimos a su casa, yo entré como quien va al altar. Me dejó en el baño de visitas a un metro de la puerta de entrada, pero ya yo me sentía parte de su familia. Él se fue a poner otra camisa negra de Metallica, Iron Maiden o similar... no sé cuántas podía tener, sólo usaba eso... espero que hoy en día haya variado el outfit, porque ya no tendrá una adolescente enamorada y ciega detrás! En mi bañito me encasqueté mi body marinero, mi blue-jean baggui, maquillaje cuidadoso y salí. Decidí dejar el bolso, que era abultadísimo, en su casa. Como vivía cerca de mí me dijo que al regreso lo buscábamos… -más tiempo con él, mejor imposible!!! Todo marchaba.


Cuando llegamos al lugar que habíamos quedado descubrí que mi embelesamiento era tal que había dejado la cartera con mi dinero en el bolso, en casa del hombre!!! Me quería morir! No era ni remotamente capaz de confesarlo, ya me sentía bastante fuera de lugar puesto que parecía recién bañada frente al resto que venía de trabajar en el festival, ajados, sucios, como debe ser...

Nos sentamos y después de estar desde las siete de la mañana dando carreras, con un café con leche en la barriga, me planté allí frente a quince personas y le dije al mesonero: -Yo no quiero nada, gracias…-

Generé entre los comensales un silencio importante. Hubo miradas de sorpresa, todos me cayeron encima con lógicas interrogantes a las que solté lo único que se me ocurrió bajo presión: -Es que yo no como pasta, pero estoy bien, de verdad…- ¡¡¡Falso, falso!!! ¡Muy falso!

Primero que claro que como pasta! ¿Quién no come pasta? puedes preferir un tipo de pasta... pero la afirmación "No como pasta" no existe! En esa época no existían los celíacos, al menos no se sabía de ellos, habría encajado bien, pero yo la verdad es que me tiro de cabeza por unos macarrones y segundo, cómo voy a estar bien si todos han estado conmigo y nadie ha comido nada desde hace por lo menos seis horas?

Nadie entendió mucho y menos después que aquel amor de mi vida soltó sin ninguna piedad conmigo: -¿Y por qué no dijiste nada cuando dijimos que veníamos al “Real PAST”?, así con saña subrayando “Past” en su entonación como para castigarme por subnormal.

Pasé mi mal rato, guapa pero famélica. Pedí un jugo por insistencia de todos y recé porque no se hicieran comentarios sobre el pago del mismo, cosa que sí pasó y yo disimulé buscando dinero en unos bolsillos vacíos hasta que un bendito dijo:  -Ella que no pague…-  (de ese me he debido enamorar y no del otro).

Salí de aquel infierno de almuerzo donde veía como todos comían deliciosos platos de pasta con borbotones de queso que se derretía mientras yo salivaba y me crujían las tripas, con la alegría del tísico de haber pasado ese rato extra-escolar al lado del hombre de mi vida. Por cierto, se sentó al otro extremo de la mesa cosa que para mí fue una casualidad y no una huida abierta de su parte (sigo guardando los recuerdos que me apetecen)

Seguí detrás de aquel pobre no sé cuánto tiempo, con tretas baratas como las contadas y con otras más sofisticadas como averiguar dónde iba a estar y caer de casualidad, hacerme amiga de sus amigos y hasta de la pelirroja de mierda, que encima de bella era simpática la jodía.

Terminé acorralándolo contra una esquina y confesándole mi amor eterno a lo que él fingió sorpresa y me dijo que él me quería como una amiga. Pasé por alto la falta de originalidad y no me desanimé, estaba tan obsesionada que me parecía hasta enternecedor que me viera como amiga. Imagínate qué nivel de pérdida de sentido de la realidad el que yo arrastraba aquellos días.

El tiempo fue diluyendo los sentimientos (amén) Fui capaz de recuperar las materias y algo de mi dignidad, no toda. Nunca me hizo caso, espero que la pelirroja a él tampoco.

Yo crecí, no maduré y salté de ese amor a otro sustituyendo los hiloramas por grafittis, después por  mensajes de texto y por cartas de amor con poemas de Benedetti (esto último, bien mayorcita ya, por cierto).

Hoy en día cuento con la voz interior que me dice “No lo hagas”, pero pocas veces le hago caso.

Fee de Limpieza Suicida

Mi autoestima se vio en alza hace unos días y fue maravilloso, después la báscula me la tiró al subsuelo -as usual- con todas sus consecuencias. Eso es lo único que baja en la báscula de mi casa, mi autoestima.


En mi reiterado análisis de si soy normal o no y el alcance de la auto estima en caída libre, encontré muchas cosas en qué pensar.


Leí por ejemplo que en Japón se mata tanta gente en las vías del tren subterráneo, medio de transporte exageradamente usado en ese país, que la empresa del Metro (Japan Rail?) decidió cobrarle los gastos de la limpieza del área a la familia del suicida después del trágico evento.


Lo primero que debo decir es que yo jamás me mataría (dejo esto aquí reflejado por si hiciera falta para alguna investigación criminal). Mi vida no tiene nada de particular pero eso no significa que a mí no me guste, me encanta como es. De todas formas, un suponer, si me suicidara -que repito, jamás haría, si me morí, que investiguen- no lo haría en el metro!


El metro ya no es como antes que si te lanzabas estabas electrocutado y chao pescado. Eso lo quitaron hace rato porque incluso pasó que alguno que no pretendía acabar con su vida y lo que andaba era despistado, quedo achicharrado sin remedio.


Cuando las cosas eran así, el tema se resolvía de forma simple. Las luces titilaban un poco, sacabas al tercio en un dos por tres, pasaba el tren como si nada y todos contentos.


Se ve que ante lo sencillo del proceso, la población suicida determinó tácitamente la efectividad de tirarse sólo dos segundos antes de que pase el vagón que viene a velocidad de vértigo.

Como ese efectivo método se convertía en una cochinada considerable que trascendía el drama mismo, los trabajadores del Metro manifestaban una gran incomodidad, entonces pusieron esta norma tan novedosa de cobrarles a las familias del protagonista esta especie de fee de cochinada suicida.


Evidentemente a nadie le gusta hablar de eso, pero un cristiano que se lanza contra un tren en marcha explota literalmente y por dentro, se sabe, todos tenemos unas asquerosidades que manchan cantidad.


El tema es que después de un acontecimiento de estos todo queda pringado. Es una puercada de límites insospechados y para que el metro siga funcionando rápido, en Japón todo marcha así, tiene que salir de emergencia una cuadrilla de limpieza de veintitantos, armados hasta los dientes con cepillos, detergentes desinfectantes y cuanto implemento de limpieza radical hay.


En fin que yo, que no resalto por tendencias particulares ni sospechosas, quiero acotar que aunque jamás me suicidaría, si lo hiciera creo que es desconsiderado de mi parte dejarle a la familia la deuda de adecentar el sitio!

El genio que me hizo ser normal

Hoy he conocido a un chico genio llamado Ximo. Un cerebrito de esos que andan deambulando por ahí, que aún no le habían salido todos los pelos de la barba y ya había sido Presidente Encargado, Asesor General, Consultor de Asuntos Varios, CEO, CFO, gana montañas de dinero, tiene una empresa más que rentable y además, si un cliente no le cae demasiado bien, le dice que no va a trabajar con él. Punto.

Fíjate si hay que tener éxito para darse ese lujo. En términos empresariales, creo que se define claramente una firma como exitosa si puede aplicar ese  parámetro: “Acepto un cliente si me da la gana”.

Llegar a eso es lo máximo.  En contexto doméstico, es como decir que en tu cocina puedes guardar los tupper-wares con la tapa puesta. O sea, mientras estés apilando y poniendo las tapas en un ladito o dentro del tupper más grande, estás en la inopia.

Volviendo a la lumbrera de hoy, Ximo para el mundo, lo escuché en una conferencia, más que decir que lo conocí. El buen hombre (muchacho imberbe) seguramente tendrá su lado oscuro como todos los geniecillos que socialmente no son fáciles, no lo sé, pero a mí me cayó bien. El caso es que después de dos horas de autobiografía bien contada sobre sí mismo, salí de la conferencia con una sensación rara, una distancia que no sabía explicar muy bien.

Durante el camino de regreso le daba vueltas y no era capaz de encontrar como describirla, pero percibía que yo no era la única, así que empecé a tirarle de la lengua a todos lo que venían caminando conmigo y de pronto mi compañero Antonio dijo:

-es que yo, la verdad, después de escuchar a este tío, me siento un poco… normal…-

Aaahh…. Eso es! Esa es la sensación que tengo! Uff… qué normal que soy! Es más, creo que incluso rallo en el aburrimiento.

Si mi vida fuera un bolso no encontrarías demasiadas cosas dentro. Es más, en mi bolso de verdad hay poquísimas. Ya sé que la norma manda que las mujeres tenemos muchos trastos que llevar, pero un día me di cuenta que yo cargaba con peso inútil, como el maquillaje, por ejemplo. Yo me maquillo a veces, y cuando lo hago es al salir de casa y después se acaba para siempre, sencillamente lo olvido.
¿Qué objeto tendría cargarlo para acá y para allá? Fuera bolsito de maquillaje.

La semana pasada, para afuera los lentes de sol, porque jamás los uso. No me molesta el sol en la cara ni aunque los rayos caigan perpendiculares en mis pupilas. Los tengo por cumplir y claro, como nuevos, ni una raya desde hace diez años. Así que ahí están, estacionados en mi mesa de noche esperando cualquier ocasión en que los necesite para mantenerme el pelo a raya.

Tengo una vida sencilla a todo lo largo y ancho de la sencillez misma, y seguro que a más de uno le parece lo mejor, pero no sé qué decirte, la verdad.

Yo no necesito ser un genio en nada, un espécimen solo visto en conferencias y videos de UPSOCL.  Yo quiero una vida sencilla con un reducto de perfección, para mí eso funcionaría bien y no puede ser tan difícil, porque tengo ejemplos a patadas.

A mi amiga Pachú le gusta la moda y ahí está, es una mujer normal, con una parcela de perfección, genialidad, brillantez o como quieras llamarlo.

Ella no lee Vogue, la estudia, analiza y disecciona cada página. Me dice que hay colores que se llaman: topo, que las carteras sin cuerdita se llaman clutch y que el antiguo azul eléctrico ahora es azulón. Resulta que Pantone es del neolítico superior, la cosa ahora va de rosa palo, blanco roto y marrón tabaco. Yo me quedé para siempre en la paleta cromática Prismacolor. Sé justo una pizca más que un hombre porque conozco el fucsia, pero hasta ahí.

Pachú no solo entiende de moda, la usa y la vive. Tiene unos zapatos increíbles, Jimmy Choo, Loboutin y no me acuerdo más nombres, pero en esa casa hay zapatos para calzar un cuartel. Una vez entramos a su casa, ya ella se había quitado los taconazos en la entrada, y cuando Pablo los vio me preguntó: -¿Mamá, eso es un adorno?...

Desde que la conozco, aprendí lo que existe una mujer llamada "it girl" y descubrí en simultáneo que yo no lo era, ni de lejos.

No me malentiendan, a mí no me desvela la moda en absoluto, lo que me deslumbra es ver a mi amiga que lo que le gusta lo hace con esa pasión e intensidad y entonces es la que más sabe de bolsos, carteras, colores y moda de la de verdad, verdad. Ella sabe lo que hay que llevar y lo que no, cuándo y cómo. Lo que está "in" y lo que está "out".

Menos mal que su pasión no le funciona de corte para las amistades. Yo soy su amiga Off Off como los teatros pobres de Broadway.

Otro caso similar es mi hermana Eugenia. Ella es interiorista y si vas a cualquiera de las casas donde ha vivido te das cuenta que no sólo es su profesión sino que le corre por las venas. Cada habitación parece que saltó de Architectural Digest a la realidad. Te da una cierta angustia que tu paso  desordene algo, todo lo miras pensando: -Qué buena idea poner eso ahí… ¿cómo no se me ocurrió?-, Pues no,  ni se te va a ocurrir, porque no es lo tuyo, es lo de ella, está clarísimo!

Imagínate que el cuarto de mi sobrino, que es un bebito, es gris. Gris!!! (versión prismacolor) Nada de azul pastel y ositos, no, no, nooo… es gris!!!, y te juro que es un primor de habitación. Algo que evidentemente jamás se me habría ocurrido a mí. Para referencia, el cuarto de mis hijos es azul, por lo menos no tiene ositos, pero sí piratas, lo siento, no doy para más en el referente decoración.

Pero como en el caso de la moda, la decoración tampoco me lleva la vida. Mi hermana ya sabe lo que hay, me conoce y conoce mi casa, sabe que todo está donde predeciblemente tiene que estar, ninguna idea descollante.

No me cautiva la moda ni la decoración, Vogue y Architectural Digest me parecen carísimas y en realidad yo no busco ser así, además para qué si ya las tengo a ellas? Por fortuna. Lo que admiro y lo que quiero para mí es tener un pedacito de perfección, un nicho de genialidad como el de ellas. Lo veo en todos lados, en muchas personas y en mí no.

Yo, de momento me encuentro cómodamente arrellanada en la normalidad, en la más absoluta normalidad.

Tengo un trabajo razonable, una casa bonita, unos hijitos lindos, un esposo bueno, unos papás que pretendo imitar, unos hermanos que adoro, una abuelita jodedora y una tía que admiro, una familia arregladita. A veces voy al cine, me gusta el sushi y también Mc Donalds, tengo amigos, todos buenísimos. Muero por los programas de Asesinatos sin Resolver y jamás me he peleado con nadie, si acaso tomo distancia prudencial, nada más.

No soy fanática seria de ningún cantante o grupo musical, me gusta básicamente lo que ponen en la radio. No tengo tengo amor desmedido por ninguna serie ni ninguna película, me gusta mas o menos todo. No soy partidaria de trotar ni de montar en bicicleta, empiezo dieta los lunes y la rompo los jueves. No me compro ropa porque aún no he bajado de peso. Me visto mezclando prendas unicolor y me recojo el pelo con un moño que mi madre odia, aunque lo tenga corto.


El caso es que yo no sé si quiero ser como Ximo, además ya voy tarde. Tampoco soy capaz de ponerme taconazos sin hacer el ridículo y menos de preocuparme por si escogí correctamente los cuadros de mi casa.

Quizás ser normal tenga su peculiaridad. Su habilidad especial… A lo mejor es lo más difícil y ya está!.

¿Será que encontré mi nicho?: Soy normal...y no es fácil... Además, no venden revistas que te orienten.

La convivencia viene sin garantía


La convivencia además de no traer ningún tipo de garantía, tiene mala fama. Si a ver vamos, hay casos en que coexistir debería marchar a toda vela, digamos entre padre e hijos, y termina resultando (antes o después) incompatible, generando un “abandono del nido” a la primera oportunidad de fuga. Ni se diga los matrimonios que podrían seguir juntos si tan solo vivieran separados o incluso familias completas que serían más felices si no compartieran el mismo techo. Hay tantos y tantos casos que deberíamos tener como norma que convivencia que no sea estrictamente necesaria, hay que dejarla pasar.

Esta menda, haciendo caso omiso a esta premisa universal que acabo de soltar, convivió 4 días en estricta intimidad con dos queridas amigas del colegio. Esas amigas con las que planeabas el futuro cuando tenía 14 años. Ahora que tenemos treinta y muchos, hace rato que estamos en ese futuro (no demasiado parecido al plan).

La organizadora de tal reencuentro es una mujer con una virtud incontestable: la persistencia. Realmente sólo ella estaba capacitada para convencernos de una aventura como esta que requirió 8 meses de preparación. A la otra afortunada y a mí nos habría salido moho antes de conseguir intercambiar nuestros teléfonos. Lo peor es que las mohosas somos las que vivimos más cerca del punto de encuentro establecido, Barcelona. Una en Paris, yo en Madrid y la que gestó el viaje en Miami.

Si les cuento que me iba a encontrar yo sola con mis dos amigas, entonces no habría nada que pensar! Pero cuando a esta ecuación le agregamos que cada una llevaba adjunta a su familia, ahí si había riesgos que correr.

Protegiendo la estricta intimidad de los participantes, la misma que más tarde me cargo de un plumazo publicando sus fotos y tageándolos en facebook, utilizaré la clasificación que allí surgió de los distintos grupos:

Los Gringos: Ella la organizadora, la persistente y la persona con más mejores amigos sobre la faz de la tierra y con toda razón. Gracias a ella y al buen uso de las nuevas tecnologías –güasap- sigo en contacto con grandes amigas del período escolar, todas dispares y desperdigadas por el globo.

Su marido, un canadiense-americano de librito, informático, deportista y amante del kétchup. Chapuceador frenético de español y con reticencias a comer queso guayanés porque no se refrigera... (Por cierto, ni idea que no se refrigeraba! ¿Qué raro eso no?). Buen esposo a todas luces, comprobado tras aceptar cruzar el océano para meterse en una casa con dos amigas de su mujer, sus maridos y sus niños, todos venezolanos, hablando español mal y rápido! El hijito gringo, dos añitos y auténtico Rey de la Casa, dominando absolutamente el panorama de sus vidas, como debe ser.

Los Franceses: Ella, un coco escolar con embrujadores ojos verdes, (increíble verdad?) economista, inteligente y cero estresada por nada. Él, auténtico nativo del estado Lara, un guaro de pura cepa, de güisky y parrilla forever. Las niñas, dos princesas de cuatro y dos años más o menos, encantadoras, bien portadas y tan diferentes que parece que las crían en casas distintas.

Mi poquísimo contacto con esta familia se evidencia en que durante estos últimos años he difundido a todo el que me quiera oír, que mi amiga se casó con un ingeniero aeroespacialnauticopetrolero que fue rápidamente descubierto por la empresa Schlumberger, que lo explota saltando de pozo petrolero en pozo petrolero y esa es la razón por la que han vivido en Dubai, Abu Dhabi, Malasia, otros sitios de nombre impronunciable y ahora en Paris.

Pues todo eso era producto de mi fantasía desbordada. El tercio no es ingeniero ni nada parecido y persiguió un trabajo en Schlumberger, conocida cuna de genios, porque que las oficinas estaban al lado de su casa y así podía dormir tres cuartos de hora más por la mañana.

Y finalmente,

Los españoles, o sea nosotros cuatro, que ya tenemos perfil creado en este blog, y que para aportar algo debo decir que llevamos el peso del “host” en la espalda.

Demostrando una fe ciega, la organizadora me confió la búsqueda de la casa. El 50% del fracaso o éxito de la temida convivencia recayó en mí, porque extrapolando el refrán, “amor con hambre no dura” podemos decir que “amistades compartiendo baño se tambalean”.

El encuentro era en España y me sentía responsable hasta de que no le pusieran suficiente jamón a las croquetas. Así que me apliqué en la búsqueda y encontré una casa de 9 sobre 10. Cuartos suficientes, cunas, toallas, piscina, jardín, parrillera y lavaplatos. Era sencillamente perfecta, salvo por la falta de sal.

No hablo de que la casa fuera sosa ni desabrida, digo que literalmente no había ni sal. Tras una larga experiencia en turismo rural, era la primera vez que me encontraba esta escasez. Dime tú que para cuatro días te tengas que agenciar con un kilo de sal! No hay derecho! Si seguro que cada turista le deja una bolsa! Que le costará a la casera dejar un kit básico? Sal, vinagre, aceite y una pimienta molida que eso no se acaba jamás. ¿Cuándo has visto tú que un pote de condimentos se acabe? Nunca!, viven para siempre! Van a la basura porque estás harto de verlos y decides que está viejo, ¿pero acabarse? jamás! Yo tengo un “Adobo la Comadre” que me trajeron como producto autóctono cuando me casé, hace diez años y ahí está, al lado del eneldo que no tengo idea para qué se usa.

Pues esa era la composición: niños, padres, compotas, vino, pañales, mocos y toallitas-lingettes-wippes, que se prestó a reunirse en el mismo lugar y convivir durante cuatro días. Todo por la voluntad de tres amigas con una adolescencia en común y nada más! En el colegio uno hace grandes amigos, pero después cada quien coge un rumbo y define una vida que no habrías apostado un euro a que así sería.

Mis mejores amigos del colegio son un médico sabidísimo con postgrado en Harvard y un intelectual que vive en Berlín cuya única posesión son una bicicleta y un sofá, y está pensando es desprenderse de alguno de los dos. Pero a ellos ya les dedicaré tiempo en otro post, que aquí por fortuna no pintan nada.

Después de mi detallada descripción, todo suena bastante bien hasta que llegamos a la palabra: “Convivencia”.

Tengo que ser clara y decir que esta aventura ha podido ser lo que llaman en buen cristiano: un culazo. Las posibilidades de que saliera bien eran pocas. Y aquí es cuando, para sorpresa de todos, les digo que aquel viaje resultó un exitazo sin precedentes en el mundo de las amistades.

Llegamos de nuestros dispares confines, por aire y tierra y nos reunimos para celebrar una primera cena.

Por culpa de la falta de sal, la primera comida fue de lo más sana... Parrilla de pollo, yuca, y ensalada de tomate, todo sin sal! Es decir, habría dado lo mismo comer pasta que tortilla. Hicimos lo que pudimos, al tomate le pusimos limón, pero fue un engaño que disfrazamos con comentarios clásicos de falta de confianza como que realmente había quedado todo bastante bien aunque un poco desabrido... Hoy con la mente fría y entre amigos puedo decir esa comida no estaba buena, ni estaba mala. No estaba nada, fue un relleno estomacal para dormir mejor.

La casa perdió un punto, pero la confianza ganó terreno y así fue como los tres desconocidos maridos saltaron de un saludo cordial con apretón de manos a una unión y solidaridad absoluta. Solidaridad debidamente rociada con ron, gran producto nacional.

Empezaron poco a poco con esa mezcla de hombría disimulada con cariño que notas cuando un hombre dice: -voy a comprar el hielo, y los otros saltan de donde estén: -no hombre, solo no, deja que te acompañamos!. Y siguieron así todos los días de extrema convivencia, haciendo tareas en triplete mientras se contaban sus vidas y arreglaban el mundo.

Espero que el resultado de este apiñamiento masculino se traduzca también en el traspaso de buenas costumbres entre ellos. A saber,  los dos primeros maridos que volvieron del mercado en el siguiente plan:
El gringo: -baby, te traje un shocolate, que I know que te encanta-
El francés: -Mary te  traje galletas de estas que te gustan para desayunar-
En vista que Ricardo no decía nada, me atreví a preguntar si me había traído algo y me respondió: -¿Claro! Te traje todo lo que anotaste en la lista-.

Fue un primer día bueno, sin grandes historias, ya que todos estábamos “tanteando” el terreno,  condición natural del ser humano que sabe que está bordeando el peligro. Todo eran síes y sonrisas… pero los cuatro días apenas comenzaban a partir de aquella cena sin sal.

Te empiezas a figurar como va la cosa y se veía bien pero, hay que dormir y levantarse con los ojos pegados y compartiendo el baño para ver qué pasa.

Yo como era la anfitriona local agarré el cuarto más grande, porque para acceder a este había que subir unas escaleras arquitectónicamente incorrectas. De esas que se inventan los dueños para aprovechar el cobertizo y que obviamente son decisión directa del maestro costruttore sin pasar por el arquitecto.

Cuando en la mañana bajé empiyamada  por aquella trampa de escaleras, no escuchaba nada, no sabía que me encontraría. Empecé ver la imagen de las dos familias con todos sus integrantes vestidos, peinados y aburridos de esperarnos con clara expresión de -Si quieres duermes un pelo más, mis hijos se levantaron a las 6:00am...- Me iba entrando el pánico mientras bajaba y lo peor es que sólo bajaba yo, el resto de los míos seguían roncando.

Antes de tener niños, no dudaría que todos nos despertaríamos sin problema entre las once y la una. Pero los hijos vienen con ese horario especial debajo del brazo, que incluye al tiempo los padres y que uno se ha convencido que es normal. Grandes amistades se han ido al garete porque los hijos se acuestan y se levantan a distintas horas.

Bajé con miedito y lo primero que veo es a mi amiga parisina, tan empiyamada como yo, tan despeinada como yo e incluso más dormida que yo. Tirada en el sofá, vigilando entre sueños a sus hijas, esas si despiertas desde las 6:00 am, activas  y revolviéndolo todo. Todavía me costaba creer lo que veía, la maravilla de ver que frente a mi estaba una mamá igual que yo… odiando estar despierta a esas horas.

Para ser más perfecta aún, la pobre con voz de no haber hablado con nadie aún me ofreció que bajara a mis hijos si estaban despiertos, que ella los vigilaba (en modo semi-inconsciente, claro).

Me costaba creer aquella coincidencia maravillosa así que buscando la grieta en la convivencia pregunté por los gringos y estos no habían dado señales de vida.

Estaba demasiado dormida para analizar, pero aquellos no era lo normal. Decidí enfrentarme a la cocina sin sal para encontrar los aperos y hacerme un buen café con leche que me permitiera razonar mejor sobre lo que allí pasaba.

Entré a la cocina aún con un ojo abierto y otro cerrado (no sé porque pero a mí me cuesta muchísimo abrir el segundo ojo, paso un rato sobreviviendo con uno solo) y veo al parisino moviéndose por allí con una agilidad propia de la cocina de su infancia. No dije ninguna palabra, solo lo estaba mirando (mi cerebro iba como el ojo cerrado, lentamente) y se voltea ese hombre con un café con leche de campeonato internacional. Taza grande, espuma densa, color perfecto, canelita espolvoreada. Yo lo vi acercarse como si fuera Brad Pitt (es el efecto que un gran café con leche causa en mi) y va el hombre y me lo pone en las manos y me dice: -te gusta así?

En ese segundo y sin mediar palabra, mi matrimonio se tambaleó. Menos mal que el de él no, porque ella es igual que yo y como leyéndome el pensamiento me dijo: Yo lo vi primero y me casé con él!

Poco a poco fueron apareciendo más empiyamados despeinados y yo logré abrir el ojo después de aquel café perfecto, que sin dudar repetí cada vez que lo ofreció. No le iba a quitar el marido a mi amiga, pero me tenía que aprovechar de él estos días.

Desayunamos con sobremesa eterna y bajamos a la piscina, todo con un relax y una complacencia de unos a otros difícil de creer. Cada vez que alguien se iba a bañar resulta que ningún otro tenía ganas de bañarse, era "su momento" nunca hubo un: -vas tú o voy yo, mejor tú primero-... Nada de eso, el engranaje aceitado y funcionando!!!

Aquello solo mejoraba, nadie parecía estresado ni un ápice! Qué difícil encontrar eso. Qué agradecida me sentí con la vida! Con las amistades eternas, con las amigas persistentes, con los cafés con leche de campeonato.

Para la segunda cena, ya con un kilo de sal en la despensa, se habían acabado las formalidades. El gringo, un hombre de entrada callado nos hizo reír tanto que casi nos cae mal la comida!

Por horrible que pueda sonar, se dedicó a contarnos su experiencia en la India, donde pasó una temporada larga. Parece que si vas a la India, te entra la compasión Zen y todo es distinto pero  bello… pues no! este gringo franco y claro te decía que aquello era un desastre insoportable y que a él le pareció un horror.

Lo mejor del cuento? ver a los hindúes cagando en la calle! una cosa que tu cerebro no procesa. Contaba entre risas, español e inglés que vio cagando en la acera a media India, sin ningún ánimo de ocultarse o tan siquiera arrimarse a un ladito. Asombrado contaba que uno incluso se agachó en una intersección de dos calles principales, en una especie de Times Square del tercer mundo, aquel Hindú -Pupping ON the corner of two mains streets!!!...

Aquello era escatológicamente desagradable a la par que gracioso y más todavía cuando el guaro no paraba de analizar porque a él le sonaba tan ordinario decir “cagando” y al gringo “pooping” le quedaba hasta elegante.

La buena experiencia iba in creccendo. Los fallos (siempre hay) era mínimos, como que no lográbamos sentar a los cinco niños y tomarle una foto decente, o que no había forma que Ricardo entendiera que las fotos de nosotras debían ser de cerca, sin barriga ni muslos. En todas salimos hasta los tobillos, yo en particular, parece que voy a tener un tercer bebé.

Tentando la suerte de aquella convivencia perfecta fuimos a remover un poco el suelo por Barcelona y allí nos encontramos más amigos del colegio. Ahí ya dices tú, a ver si tanta felicidad se va a acabar cuando nos juntemos más y yo que sé, no seamos capaces de decidir dónde comer porque uno le gusta aquel y otro no tiene dinero y prefiere no comer o a saber cuántas miles de cosas terribles podían pasar.

Vimos primero a una amiga que después de ser la más hippie de mi colegio se convirtió en la más hippie de las súper-mamás. Sin perder ese toque desenfadado que ya traía de pequeña, se apareció con una bebé de calendario y un esposo de revista. Un irlandés rubio y guapo, jiposo como ella y reportero de eventos culturales! Dime tu! un ojal pá un botón!

Como anécdota extra tengo que contar que el novio de aquella hippie cuando estábamos en el colegio, se encontró unos años más tarde a la mamá de esta y airado le expresó su sorpresa ante el brusco cambio de mi amiga quien aseguraba que ella no se iba a casar nunca. No sé qué contestó la ex-suegra al buen muchacho, sin restarle méritos a él, que era entre otras cosas guapísimo también, pero claro... tal afirmación sería verdad en su momento, ella NO se quería casar, pero tampoco había conocido al irlandés.

Aquí aprovecho y meto un tip: cuando tu novio/a te diga: "yo no me quiero casar nunca" asume de una vez el tema y agrégale el "contigo", que a la larga, la verdad siempre aflora.

También se apuntaron dos más que llevan juntos desde que nos dieron el diploma. Lo gracioso es que no se dirigieron la palabra ni una vez en el colegio...

Él era clásico gordo súper popular, ese que viene ya con los colegios (a nivel internacional). Vivía con sus pantalones caídos y su raya del culo asomándole, pero como era el gordo simpático parecía que tenía el beneplácito de ir mostrando las nalgas sin reproches. Pues ese mismo gordo, estaba ahí con una pinta de pie a cabeza, tan moderna que soy incapaz de clasificar, no sé si  “geek”, si “it”, no tengo ni idea, pero de un moderno y un buen gusto, de revista. Camisa de corte muy raro que seguro es lo más de lo más (yo soy una lerda para esto) bermudas, barba con líneas perfectas, alto y esbelto. Corpulento claro pero nada que ver con el  gordo muestra-hucha!!!

Pasamos una velada divina, en un sitio muy bueno donde además admitieron a diez adultos, seis niños y no dieron montañas de croquetas.

Todo estaba saliendo tan bien, que antes de dormir, pensaba… cuando es que va a surgir el problema? Yo no soy negativa, ni pesimista, pero aquello…

Tenía la sensación de que por mera estadística algo tenía salir mal… y vi la oportunidad en el plan del siguiente día: ir a la playa.

No teníamos ningún tipo de infraestructura playera: toallas, sombrillas, etc. Yo como anfitriona del país no conocía esa costa y además en Barcelona era día de fiesta, aumentando la posibilidad de asistencia masiva popular.

Llegamos y no había ni Dios en la arena. Inmediatamente sospeché, seguro el agua esta helada, hay medusas, está contaminada, tiene bandera roja.

Nada de eso! Bandera azul, temperatura perfecta, el agua clarita, el sol suave y las medusas en categoría exterminio. El tercio del café con leche nos llevó tinto de verano y el gringo bien mandado nos puso hielo infinitas veces. No teníamos cava pero una bolsa de congelados del supermercado cumplió tan bien su función que me estoy planteando su uso a futuro.

Tres toallas para seis adultos y cinco niños y una se quedó una sin usar.

Yo defino el viaje como perfecto, diez sobre diez incluso sin la sal. Repetiría una y mil veces!

Sólo falta que ahora que hemos cogido cada uno su rumbo, ellos vayan despotricando de haber convivido con nosotros! Bueno no enterarse…