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Los terceros no importan

Prólogo

Escribí este post hace más dos años, no lo publiqué entonces por temor a  que alguien querido se viera reflejado en el texto. Esperé un tiempo prudencial pero el asunto sigue pasando indetenible hasta hoy. He decidido publicarlo. Que quede claro que cualquier similitud con la realidad es... porque es la realidad misma. 

Los terceros no importan


Antes la gente se casaba para siempre. Tenían problemas pero separarse no era uno de ellos.

Con el tiempo hemos evolucionado y avanzado en pro del bienestar personal y nos permitimos equivocarnos y corregir sobre la marcha para que la vida nos quede más compuestita. Hasta aquí, yo de acuerdo.

El problema con la evolución es que siempre deja flecos, nunca es completa. Por decir, a los humanos se nos cayó el pelo porque no nos hacía falta, pero nos quedó un poquito nada más para que te tengamos que depilarnos. Eso es un claro fleco evolutivo. El más clásico: andamos en dos pies, sí, pero  por culpa de la estructura ósea que precisa la cadera para mantenernos  en dos patas, las mujeres parimos unos renacuajos que hay que cuidar más que a un helecho en lugar de poder mantenerlos en la panza un par de años y que nuestras crías salgan más resolutivas, como los elefantes que nacen y se levantan, caminan y comen solos de una.

En la evolución amorosa, donde hemos avanzado hacia el recomponer parejas, hemos dejado por fuera un fleco llamado “los terceros”.

Yo tengo cerca divorciados de todos los tipos y colores como para forjarme una opinión seria: soy hija de divorciados, casada superviviente, conozco y trato divorciados felices, casados infelices, divorciados enamorados de los dejados, dejados descubriendo el mundo. En fin, de todo y próximo.

No voy a opinar sobre el divorcio, sobre sus bondades o inconveniencias. Eso me lo reservo como venganza por si me separo y aprovecharé mi blog para airear cuanto trapo sucio se me ocurra. 

En este post el tema que me enloquece un pelín es la poca importancia que tiene el QUÉ se siente cuando una separación te toca de cerca y no eres tú el separado.

Soy hija de divorciados y corrí con suerte. Gané padrastros maravillosos y un montón de hermanos que quiero con locura, por lo tanto mis traumas divorciales fueron rebasados por las alegrías. No todas las familias logran mantener ese equilibrio, estoy consciente. Sin ir más allá, yo misma cuando me peleo con Ricardo quiero contarle hasta al conserje lo mal que se ha portado, imagínate lo que podría pasar en un divorcio.

Mis padres se divorciaron cuando yo apenas despuntaba unos palmos del suelo. Nunca vi sufrimiento, nadie habló mal de nadie y así crecí.

Hoy lo veo de otra forma y me doy cuenta que lo que realmente pasa de largo es lo que sienten los de afuera, esos flecos de esta evolución, para llamar al divorcio con un nombre benéfico. No se me ocurrió pensar en que por organizadísima que te salga la separación, dónde aparentemente eso fue lo mejor para todos, siempre hay gente que sin pedirlo se quedó del otro lado del puente.

Todo esto me vino a la cabeza estando en un funeral de esos en que uno está pensando en cualquier cosa a ver si logra no llorar por extensión. Ahí me tocó ver como los ex familiares del difunto estaban tanto o más afectados que los propios deudos. Y hablo de unos ex familiares que por lo menos tenían treinta años con un río de por medio. Comprendí que los sentimientos de “los otros” no le importaron nunca a nadie.

No digo que no tenga que ser así, uno no puede estar haciendo una encuesta para divorciarse, no habría manera de evolucionar entonces. Lo que me pregunto es que cómo es que no nos damos cuenta y dejamos pasar ese ingrediente sentimental que tiene su peso propio!

Cuando hablo de qué sentir con los divorcios cercanos me refiero a los suficientemente cercanos para que duelan, no de los que dices -¡Ay, qué lástima… Como pasaría si se separan Brad Pitt y Angelina Jolie, que sería una gran pérdida.

Cuando se separa gente que tú quieres suele ser para el bien de ellos y para el mal tuyo, porque tú eres de la gente del otro lado y por tanto eres un tercero.

Recalco, me refiero a cuando se separa gente que tú quieres. Si tu mejor amiga deja a un indeseable hay que alegrarse, claro está! En esos casos se gana. Un divorcio puede lograr que un grupo se libere de un lastre importante y con buena suerte incluso gane otro más llevadero.



Está la otra variable que hay en todos los conjuntos amistosos, es el clásico 'desatinado' con las parejas, ese que sabes que aunque se separe tú no vas a ganar nada porque es seguro que volverá con una versión peor. Cuando este personaje cambia de pareja es frecuente caer en la trampa de creer que el grupo ha ganado. El refranero no falla con aquello de que más vale malo conocido que bueno por conocer.



Una amiga mía perdió en un divorcio a una cuñada que describía como posesiva, celosa y antipática en general pero cuando su hermano le presentó a su novia nueva, que además de tener los defectos de la anterior era gótica, mi amiga empezó a echar de menos a la primera y a apreciar sus fortalezas, era verdad que obligaba a su hermano a vestir como un pijo, pero por lo menos el hombre no llevaba delineador, rímel y esmalte de uñas negro.

En mi pandilla de amigos había uno casado con una X, una clásica separatista que iba por la vida en plan: “tus amigos, que no los míos”. Me llamaba la atención de esta elementa que cuando nos juntábamos todos en una casa, ella siempre se sentaba en la silla más incómoda. Si todos estábamos por el suelo, en el sofá, sobre los cojines, la mujer arrimaba una silla del comedor y se sentaba allí muy tiesa, como dejando pasar el tiempo exacto para decir -Vámonos-. 

Alguna vez incluso nos hizo dudar sobre si éramos nosotros los excluyentes, lo que suele pasar en los grupos de amigos pero con el tiempo, y la llegada de la segunda esposa, hoy muy querida, quedó claro que la otra hiena quería estar en su silla incómoda e irse tan pronto como fuera posible.


Cuando mi amigo se divorció, todo fueron ganancias, incluso para la primera que se libró de nosotros.

Más problemático se pone cuándo se quiere al que se va y te quedas “del otro lado del puente”.

Te das cuenta de lo poco que importas cuando llega tu amigo y te presenta a un absoluto desconocido y tú nada has tenido que ver en su elección. Sin consultarle a nadie tu camarada amplia el grupo y te tienes que arrimar para que quepa el otro (a menos que se siente en la silla incómoda del comedor) Le abres las puertas medio a la fuerza y con sonrisa falsa, qué remedio. Aplicas la clásica fórmula de “si te hace feliz, yo estoy feliz”.

Al principio no te fías, no le conoces, no le escogiste. Pero poco a poco se gana su puesto. Claro que ver contento a alguien querido te da alegría. Pero un día hay un “click” y las cosas cambian. Ahora no solo es que has aceptado a esa persona que alegra la vida de tu amigo, sino que ahora tú lo quieres, ya no como la “pareja de”, lo quieres por separado.

Y entonces, con el mismo derecho de voto nulo que tuviste para traerle, te comunican que ese pana se va.

Llega tu amigo y te dice en plan confidencia que la relación se acabó. Si tienes mucha suerte el ido hizo algo malísimo e imperdonable, te lo cuentan y tu sentimiento se transmuta de amor al odio con rapidez. Pero la verdad, eso es más frecuente que pase en los platós de Telemundo, en la vida real hay más el típico: - no sé, me estoy cuestionando la vida en pareja, ya no nos queremos igual y un bla bla bla absolutamente insuficiente para cambiar tus sentimientos.

Sencillamente te informaron cuando empezar a querer a alguien y te volvieron a informar cuando dejar de quererlo.

Me parece injustísimo!!! y eso que sé que en la mayoría de los casos los implicados estarán infinitamente felices con nuevas parejas, hijos prestados y de todo, es decir, yo me alegro por ellos. Me fastidia por mí que no quería que cambiara nada y siento que soy un fleco en la evolución del amor.

Y es así siempre. El tercero importa una mierda.